Atm Galería




HTC-VIII

El verano de 1566 fue de lo más movido para la ciudad de Basilea. Sus habitantes se vieron sorprendidos, en tres ocasiones, por un fenómeno aterrador que tuvo lugar en el cielo y cuyo avistamiento quedó recogido en un pliego, hoy en la Biblioteca Central de Zúrich, que nos ofrece una imagen increíble de lo que sucedió. Dicen, así atestiguaron decenas de personas, que el cielo se cubrió de esferas rojas y negras, unos objetos que se movían a gran velocidad ante el sol de la tarde y que parecían estar enzarzadas en una batalla. Llegado el momento, las esferas desaparecieron. Los historiadores tenemos suficientes evidencias para saber que, desde luego, algo raro debió de pasar en aquel verano de 1566. Explicaciones ha habido muchas y, como el lector ya se debe de imaginar, aquel fenómeno ilustra hoy muchos manuales de ufología como ejemplo de un encuentro ‘of the third kind’ en la Europa central del siglo XVI. La verdad es que, debo reconocer, el relato se presta a ello.

Casi cuatrocientos años más tarde, un hombre, lejos de Basilea, pintaba paisajes celestiales que se llenaban de artefactos voladores venidos, suponemos, del espacio exterior. En sus obras, el artista Armando (1928-2002) pintó, durante décadas, galaxias, platillos volantes, astros incandescentes y otros objetos cuya realidad o irrealidad nos da igual al contemplarlas porque, precisamente, su pintura no hace sino cuestionar y resistir los límites de aquello que aceptamos como ‘real’ y de lo que decimos ‘imaginario’. Del mismo modo que el fenómeno celeste de Basilea, como hoy se le llama, alimenta hoy la imaginación de quienes anhelan encontrarse con la vida extraterrestre, la obra de Armando se ha mantenido hasta hoy en la vitrina de las rarezas porque, se ha pensado, sus platillos volantes eran simplemente platillos volantes, cuando, en realidad, lo único marciano en su obra es pensar que esto es así.

Si una aproximación -no necesariamente cuidadosa- al fenómeno de 1566 pronto nos lleva a descubrir que fenómenos de esta clase tuvieron lugar a decenas en la Alemania del siglo XVI, y que originaron una riquísima literatura de prodigios celestes –Wunderzeichen– que profetizaban desgracias y anunciaban cambios, y que se convirtió en un género que sería el último grito entre cultos y profanos, entonces igual habría que pensar que en la obra de Armando hay algo más aparte de platillos volantes o referencias lejanas a la era espacial soviética. Para bajarnos del OVNI y sentarnos a pensar la obra de Armando propongo abandonar lo evidente y hacer un análisis que, al no ser estrictamente visual, quizás tenga que desviarse un poco de la historia del arte en la que queremos incluirlo.

Intentemos aprovechar, no obstante, el fenómeno celeste de Núremberg y la interesantísima literatura de los Wunderzeichen para poder llevar a cabo este tipo de operación. Aunque podríamos desmenuzar el legado del artista en las categorías formales que la Historia del Arte tiende a imponernos, su obra, al igual que esas increíbles imágenes que nos ha dejado el siglo XVI, tiene un protagonista unívoco: los fenómenos celestes, que aquí tenemos que entender en toda su amplitud y riqueza para poder acercarnos a Armando y que, sostengo, son centrales para comprender su obra. El propio término ‘fenómeno’ parece estar atado de manera casi indeleble a los cielos, al lugar donde se muestran los dioses y las señales que descienden sobre la tierra. El sustantivo ‘phainomenon’, que ha llegado a nuestra lengua desde el griego clásico, significa literalmente ‘aquello que se muestra o aparece’, es decir, aquello cuya presencia se revela, tal como la divinidad suele comportarse. Mucho más significativo es todavía su origen anterior: El verbo griego phainesthai –‘ser mostrado’- nos remite a la raíz indoeuropea ‘bhā-’ cuyo significado, salvando los milenios, sería hoy ‘brillar’. Si tenemos en cuenta que la obra de Armando sólo nos muestra objetos que emiten luz propia, esta conexión tan alucinante que sólo la etimología puede ofrecernos debe servirnos para afirmar, con total rotundidad, que Armando fue un pintor de fenómenos celestes. Las obras de Armando sólo nos muestran objetos que brillan, bien astros o bien naves espaciales o bien objetos que ni siquiera el espectador puede identificar en su pintura, justo como en las imágenes de ciencia-ficción que nos muestran los legajos de Wunderzeichen, libros que nos dan testimonio de objetos que se muestran de repente ante los mortales brillando en el cielo pero que nunca sabremos qué son.

La centralidad del fenómeno celeste en la obra de Armando sólo nos sirve para afinar nuestro tino a la hora de apuntar a un tipo de repertorio que, en realidad, tiene una función de mayor alcance. La obra de Armando nos muestra algo más que aquello fenómenos celestes. En realidad, sin quererlo, ya hemos anunciado de qué nos habla Armando: De lo que se nos muestra en el cielo –lo que sea, eso no importa- y no sólo de aquello que no podemos identificar o de aquello que, en efecto, sí identificamos porque la norma de lo real le ha puesto nombre. Precisamente, todas sus imágenes habitan en una zona de indecibilidad en la que nunca sabemos muy bien si un astro es una estrella o un planeta o una luna, o si lo que parece un artefacto volador es, en realidad, un ingenio humano o es, en cambio, una nave alienígena. Da igual. No podemos saberlo, porque lo maravilloso, el portento, aquello que se muestra como prodigio, aquello que no sabemos qué es -pero que ante nosotros aparece- es lo que puebla los cielos de Armando.